martes, 11 de abril de 2017

El caso Perelló y por qué no es un linchamiento mediático

Pasé varios años analizando el linchamiento como fenómeno de violencia colectiva y sus singularidades en el México reciente. La investigación que resultó para mí es apenas un pedazo pequeño de una realidad lacerante de un país profundamente injusto. Con base en algunos resultados de mi trabajo, estoy en condiciones de afirmar que: 1) el linchamiento tiene un carácter heterogéneo, lo que significa que independientemente de compartir una estructura común, el contexto y el actor colectivo no es siempre el mismo; 2) que es equivocadamente interpretado como una expresión de falta de modernidad, un acto cometido por sujetos “sin ley” y es también equivocada la afirmación de que los linchamientos son parte de los “usos y costumbres” de los pueblos originarios; 3) el linchamiento en México es una maniobra desesperada ante la necesidad de seguridad y sobrevivencia en los márgenes, que la población que ahí habita no se niega a vivir dentro de la ley, sino que su experiencia con la legalidad estatal está plagada de arbitrariedad, ilicitud, atropellos y abusos, lo que provoca la emergencia de estrategias extralegales de violencia para enfrentar las injusticias; 4) que es una forma ritualizada de violencia desplegada en un espacio público que se vuelve el escenario de una representación espectacular de un castigo ejemplar y en este acto-performance (que no es planeado) se sintetizan un conjunto de percepciones y experiencias acerca del miedo, la (in)justicia, la (i)legalidad, entre otros problemas que se viven en los márgenes y 5) que los medios de comunicación en México han hecho de la violencia un producto para el entretenimiento, donde actos de violencia ligados a la criminalidad y la inseguridad son vueltos un espectáculo mediático en el que se perpetúan otras formas de violencias de índole variada, se naturalizan, normalizan y repiten como parte del repertorio de actitudes cotidianas; la narrativa mediática de las violencias impulsa ideas y estereotipos —un contenido simbólico— que contribuye a organizar la experiencia social y por lo tanto influye en las ideas sobre lo que es o no justo, legal y legítimo.
Con esta apretada síntesis sobre el fenómeno de los linchamientos en nuestro país lo que busco es dejar en claro que mi conocimiento acerca del tema está basado en un análisis que fue un poco más allá de las opiniones o del uso más común del término. Mi investigación no abarcó el llamado “linchamiento mediático”, pero me gustaría decir, desde mi experiencia de análisis de los linchamientos reales, algunas cosas al respecto, especialmente a partir de que en los días pasados he notado el uso del término en el caso de Marcelino Perelló y cómo trascendió en las redes sociales lo que él dijo sobre la violencia sexual en contra de las mujeres en uno de los programas de radio que encabezaba, así como las consecuencias de sus dichos.
Igual que el linchamiento real, en México el linchamiento mediático no ha sido suficientemente analizado. Esto significa que hacen falta estudios en los que se caracterice el fenómeno de la manera más completa posible: qué es un linchamiento mediático, cuál es la estructura general que tiene, qué actores están involucrados y en qué contextos sucede, qué diferencias o similitudes tiene tanto con el linchamiento real como con otros fenómenos colectivos a nivel mediático, entre otras muchas preguntas.
No voy a repetir los detalles del caso Perelló aquí pero haciendo un resumen la cosa fue así: Perelló, un personaje público cuya fama reside en haber participado en el movimiento estudiantil de 1968, ser profesor universitario en la Facultad de Ciencias de la UNAM y haber encabezado un programa de radio en la emisora de la misma universidad desde hace más de diez años, tuvo a bien, en una de las emisiones de este programa, expresar una serie de opiniones repudiables acerca de la violación (caso Daphne), el acoso callejero (casos Tamara de Anda y Andrea Noel), las denuncias que se han hecho al respecto (sobre lo que es o no, según él, una violación) e incluso juicios procaces acerca de las víctimas de estos delitos. Una parte de los dichos de Perelló fueron difundidos en redes sociales días después de dicha emisión y, como era de suponerse, causaron gran indignación. Una gran parte de las usuarias y usuarios de redes sociales expresaron su repudio y enfado ante lo dicho por Perelló, no por la vulgaridad en sí (que fue de suyo bastante desagradable), sino porque evidenció la normalización de las violencias machistas que persiste en un buen número de varones: decir que la violación es tal única y exclusivamente si es cometida con el pene (“Si no hay verga, no hay violación”) , que hay mujeres que sólo han sentido orgasmos mediante una violación, que las mujeres usan faldas cortas para llamar la atención de los varones (de lo que se deduce que “las hijas de la chingada” no deben quejarse de los “piropos” callejeros), entre otras cosas. A las pocas horas, las autoridades de Radio UNAM anunciaron la cancelación del programa de Perelló como consecuencia de lo ocurrido.
Otra parte de los usuarios de redes sociales consideró que Perelló fue víctima de un linchamiento mediático, que se le estaba censurando y se estaba contraviniendo su libertad de expresión y aquí es donde me gustaría hacer algunas precisiones. Reiterando que no existe suficiente análisis acerca del concepto linchamiento mediático, en mi opinión el caso de Marcelino Perelló no es tal. A continuación intentaré explicar mis razones.
Se requieren más estudios acerca del papel de los medios de comunicación y las redes sociales en contextos de denuncia o sanción social tanto de delitos como de actividades o comportamientos que, sin ser propiamente delitos tipificados, son considerados como agravios morales (en el sentido que le da, por ejemplo, Barrington Moore), como apología de violencia, etc. y, por lo tanto, son objeto de un amplio rechazo. Se requiere además que los estudios estén situados en la realidad de México y realizar a la par un ejercicio comparativo con lo que sucede en otras latitudes con el fin de hallar similitudes y diferencias. Debemos partir del hecho de que el uso masivo de dispositivos conectados a Internet y el acceso a redes sociales ha provocado una transformación importante en las formas de participación social especialmente en lo relativo a las formas de exigencia de derechos y de justicia, al mismo tiempo que ha influido en los modos de comunicación y relación de la población con los actores gubernamentales y con las instituciones públicas y privadas, con los periodistas y las empresas, etc.
Al mismo tiempo, una parte del discurso neoliberal ha promovido que los ciudadanos se vuelvan responsables de su propia seguridad, es decir, una especie de privatización de la protección, bajo el argumento de que la población debe, además de ser todavía más participativa y democrática (lo que sea que esto signifique), asumir tareas varias para restarle presión al Estado, cada vez más escuálido y más rebasado ante las violencias y los riesgos permanentes de todo tipo. De igual forma, otra parte importante de la gobernanza neoliberal enfatiza la necesidad de que los ciudadanos se conviertan en agentes que vigilen y exijan transparencia (accountability) en las acciones y decisiones de gobiernos y de actores del sector privado.
En este entorno, una parte importante de quienes participan en las movilizaciones digitales (por llamarle de algún modo a las acciones de denuncia, protesta o exigencia que se realizan digitalmente) lo hace con legítimo interés y con una intención abierta y clara: expresar su indignación ante lo que considera malo, injusto, reprobable, etc. Pero existe también otro lado de este fenómeno, que involucra a personas y/o estructuras que movilizan a personas para crear escándalos o para acallar a las otras movilizaciones; de ello no voy a hablar ahora pero existen ya muchos trabajos que han documentado la forma en la que operan los llamados bots o los grupos generadores de acoso y violencia online.
Quisiera centrarme exclusivamente en casos como el de Perelló, es decir, casos en los que una figura pública comete una falta o tiene comportamiento que resulta rechazable para una parte importante y es exhibido -y con exhibido quiero decir que se difunde en redes sociales el hecho-, lo cual genera una reacción masiva y que tiene consecuencias directas para dicha persona. No voy a hablar de casos de personas que no son figuras públicas, porque eso implica otras consideraciones y desenlaces.
Perelló es una figura pública, es decir, no es una persona desconocida a la que sorprendieron casualmente cometiendo una falta o escupiendo improperios en una calle oculta y oscura. Este personaje dijo lo que dijo al aire en un programa de radio. En este sentido y aunque la reacción a sus dichos no ocurriese en el preciso momento en el que él los emitió, lo cierto es que lo hizo a la luz de todos, fue una acción pública. Días después un fragmento de lo que él dijo se divulgó en redes sociales y el caso se viralizó. Uno de los argumentos de quienes han salido en defensa de Perelló es decir que “una muchedumbre” había salido a “lincharlo”, tratando de equiparar la difusión del fragmento en redes sociales como un llamado para castigar o someter al susodicho. Por lo que yo he observado en años recientes en medios de comunicación y redes sociales, cuando una figura pública (políticos, periodistas, personajes del espectáculo o la cultura, etc.) es criticada fuertemente a nivel mediático por sus dichos o hechos generalmente alega que se ha cometido un “linchamiento mediático” en su contra como una forma de victimizarse ante la andanada de comentarios negativos y juicios de rechazo que reciben por sus acciones.
En el caso de Perelló, la reacción y protesta digital no buscó hacer justicia por mano propia; la gente que expresó su indignación no pretendió sustituir a ninguna autoridad para ejercer una pena al margen de la ley sino que, por el contrario, lo que exigió fue precisamente la intervención de las autoridades correspondientes para que fuesen ellas las que ejercieran su función de sancionar al personaje. La movilización digital no buscó actuar por encima del Estado ni en contra de la justicia legal; no fue encabezada por vigilantes o grupos o actores anónimos que realizan acciones digitales violentas o de acoso (como sí lo hacen otros grupos mencionados antes) ni en nombre de nadie, ni ejerciendo una venganza (aunque quienes apoyen a Perelló confunden las consecuencias de sus dichos –la cancelación del programa- con una suerte de venganza colectiva, lo cual es impreciso); tampoco se publicaron en sitios públicos detalles personales de Perelló para atacarlo más (datos privados) ni mucho menos la visibilidad que lograron los dichos de Perelló fue producto de una estrategia de abuso, coerción o uso de poder (sus palabras fueron dichas al aire).

Falta todavía mucho por estudiar y reflexionar colectivamente acerca de las implicaciones de las acciones de denuncia digital. Especialmente, falta caracterizar mejor en qué consiste, qué actores participan y la diferencia de contextos, cuál es el papel de los medios y las autoridades, entre otras cosas. Hay muchas preguntas que tenemos que responder con respecto a este fenómeno, pero mientras eso sucede considero importante no dejar pasar los casos que adquieren mayor relevancia mediática para comenzar a discutir al respecto. 

sábado, 18 de marzo de 2017

Acoso callejero y castigos "excesivos"

Estimado Pepe:
Aquí escribí algunos aspectos de lo que me preguntaste ayer sobre el caso de Tamara de Anda y el episodio de acoso. No agota ni pretende hacerlo toda la cuestión sino son únicamente algunas ideas sobre mi posición al respecto. Tampoco espero que agote el diálogo. 

Piropear-acosar verbalmente es un acto de violencia, ya todos lo sabemos. Es una forma de violencia que a pesar de su aparente no fisicalidad (ay, nomás gritó “guapa” o una guarrada, no la tocó), no deja de ser una forma de agresión, en tanto expresa su opinión de la apariencia –que generalmente va de la mano de una connotación sexual (me gustas, estás buena, desearía cogerte…)- de una mujer sin que ésta la pida.
Ahora, pasemos al tema de las sanciones al acoso callejero. También sabemos todos que ya es considerado legalmente una falta. Desconozco cómo fue el debate político-legislativo que produjo esta realidad, pero así es. También desconozco el debate jurídico-legislativo que determinó el tipo de sanciones para castigar esta falta. Pero estamos de acuerdo en que el acoso, en sus múltiples variantes, es una falta legalmente reconocida y por tanto con sanciones determinadas.
En días pasados, Tamara de Anda (periodista con una considerable fama, especialmente entre las capas jóvenes e ilustradas –y digo ilustradas no en sentido peyorativo-, entre otras cosas por su consabida posición feminista) padeció un episodio de acoso cometido por un taxista ante lo cual ella decidió denunciar y el tema se viralizó en redes sociales. Todo lo que ha sucedió en torno al caso no lo voy a repetir aunque retomaré algunas cuestiones específicas para explicar, en concreto, mi opinión sobre una de muchas aristas que tiene el tema: el análisis clase-género y su relación con la sanción ante la falta (si es o no excesiva).
La pregunta que hiciste -a un tuit mío que decía “Flaco favor le haces si crees que a un determinado hombre, por ser él mismo oprimido en términos de clase, se le debe disculpar el acoso.”- fue el siguiente: “Seguimos sin entender el exceso del castigo. Por fa, respondan a eso.”. Intentaré responder.
Con base en mi experiencia personal y de investigación, considero que el tema de la violencia (en muchas formas y de diversos tipos) que despliegan los subalternos no debe ser un tabú. En este caso concreto, partamos del hecho de que el taxista que cometió la falta es un sujeto subalterno y que por lo tanto, la sanción que le fue impuesta legalmente por la falta que cometió (acosar a una mujer, que en este caso se considera privilegiada con respecto al sujeto que la agredió) aparece o se concibe como desproporcionada.
Primer punto: la sanción no es determinada por quien denuncia, sino por el reglamento vigente, así que en este caso concreto Tamara de Anda no tiene ninguna injerencia para establecer la sanción y menos para determinar si es justa o desproporcionada. Ella decidió denunciar, esa fue su prerrogativa, pero hasta ahí, no puede hacer más. ¿O acaso no debió denunciar?
Segundo punto, que es más bien una pregunta: ¿La sanción establecida en tal reglamento es justa o desproporcionada? Insisto en que no soy abogada y desconozco los detalles de la norma (no sé si en el caso del acoso callejero existen penas mayores o menores a pasar una noche en El Torito), pero en mi opinión, para el acoso verbal creo que una sanción administrativa de ese tipo no es lo más útil para efectos de que el sancionado no repita la falta. Más que pensar en términos de “castigo excesivo”, prefiero pensar en términos de “la utilidad de la sanción”.
Tercer punto: Como ya dije, entendí que una parte del argumento de que pasar una noche en El Torito fue “un castigo excesivo” estaba relacionado con el hecho de que el taxista es, en términos llanos, un sujeto oprimido (léase, un trabajador, sin dinero ni influencias para enfrentarse a un sistema judicial que reproduce las desigualdades sociales, es decir, racista, clasista y machista, entre otras), mientras que la agraviada es una mujer privilegiada (aunque es también una trabajadora no racializada, que tiene mayores posibilidades de defenderse, de hacerse escuchar, tiene una formación que le da cierto margen para ejercer sus derechos, etc.). En pocas palabras, el argumento sería: ella está abusando de su poder en contra de un sujeto indefenso. Aquí es donde creo que la cosa se presta a confusión y manipulación (y eso por no tocar el acoso virtual del que ha sido objeto Tamara de Anda). Intentaré explicar mi posición.
Para mí lo ideal es que existiera un sistema de justicia que involucrara mucho más a la sociedad en la educación-readaptación de los sujetos que cometen este tipo de faltas bajo esquemas de trabajo comunitario, de procesos en los que tanto el infractor como la gente pudieran escucharse (me parece más sano rendirle cuentas a los ciudadanos que a un juez que jamás nos rinde cuentas a nosotros), etc. Pero partiendo de lo que realmente tenemos, lo que les queda a las mujeres que sufren acoso es o recurrir a este sistema de justicia (corrupto, ineficiente, que reproduce las desigualdades, etc.) o irnos a nuestras casas (a llorar, resignarnos o a organizar la autodefensa).
Desde mi perspectiva, la violencia ejercida por hombres en contra de mujeres es parte sustancial del sistema capitalista, que se sostiene gracias al dominio heteropatriarcal. Una cosa es que no nos guste el tipo de sanciones legalmente establecidas para castigar el acoso y otra muy diferente que debamos disculpar o no castigar el acoso si lo comete un sujeto subalterno, so pretexto de que él está siendo más oprimido en el esquema mayor del sistema capitalista. Las violencias machistas, que van desde el acoso callejero verbal hasta el feminicidio, son parte sustancial de este dominio heteropatriarcal que sostiene al sistema económico (y por lo tanto, no están del todo desconectadas de la opresión que padecen los varones subalternos). No soy ingenua y es probable que el señor taxista no conecte que la agresión que cometió tiene relación con las formas en las que el sistema económico se reproduce y que implican su propia opresión, pero no creo tampoco que se le ayude al pretender disculparlo en este caso concreto. Por el contrario, creo que pretender disculparlo es condescendiente.
Que a algunos no les guste la sanción por excesiva pues qué pena pero es lo que hay. Siempre seré de la idea de que mientras existan leyes, hay que agotar su uso. La otra es que tomemos la ley en nuestras manos y nos autodefendamos, en virtud de que las normas y el sistema judicial está podrido hasta la médula; lejos de juzgar moralmente una opción así, lo que creo es que no es lo más conveniente específicamente para contextos de violencia callejera.


viernes, 24 de abril de 2015

Robo de niños o el rumor y sus efectos


            Recientemente en algunas zonas del sur del Distrito Federal se ha desatado una serie de historias sobre supuestos casos de robos de niños. En concreto, en la delegación Coyoacán el fenómeno adquirió relevancia desde el momento en el que se registraron varias jornadas de protesta llevadas a cabo por algunos habitantes en la que denunciaban –sin ninguna prueba concreta (nombres, denuncias legales, etc.)- que varios niños habían sido secuestrados y exigían la intervención de las autoridades. Días después en la delegación Magdalena Contreras, sin que se hubiesen registrado protestas vecinales al respecto sino a partir de información difundida en redes sociales según dice la prensa, un grupo de habitantes atacó a un padre de familia afuera de una escuela porque se le acusaba de ser robachicos. Estos casos son un clásico ejemplo de llamado pánico moral: situaciones, personas o grupos que son identificados como amenazantes de ciertos valores o intereses sociales y los casos son presentados por medios o por figuras autorizadas de la comunidad de forma estereotipada y desmesurada, cargada de valoraciones morales y sentencias que nublan la capacidad de observar la realidad objetiva y ecuánimemente. Una de las consecuencias del pánico moral es la polarización en la opinión pública que, en estos casos concretos incluye al bando de los que defienden que eso es real (o que las protestas son justificadas) y al bando de quienes sostienen que sólo son rumores (pero que desestiman la reacción y las razones del entendible miedo de la gente). Lo curioso es que ambos tienen algo de razón, pero ambos son imprecisos.
            Hasta el momento, no hay ningún caso concreto demostrable de robo, secuestro o afectación de niños que esté directamente vinculado con los episodios de protesta y agresión, es decir, que todo este despliegue de reacciones está basado en rumores. Pero los rumores son algo suficientemente serio como para ser desestimado, no tanto por el contenido literal (que también importa), sino por lo que muestran en tanto síntoma de algo más profundo. Primero, porque los rumores apelan al miedo fundado de la gente ante un problema muy real de inseguridad y violencia cotidianas y segundo porque los rumores también son un dispositivo de control social, especialmente durante tiempos de confusión e inestabilidad.
            En este sentido, no se trata de ignorar y menospreciar la reacción de la gente -una reacción de miedo perfectamente real y justificado- ante un rumor, sino analizar en qué condiciones surge y se instala ese rumor. En este caso, el rumor de robo de niños ha surgido muy visiblemente en la antesala y principio formal de las campañas electorales para elegir jefes delegacionales y diputados locales y federales en el Distrito Federal. No se puede comprobar que los rumores sean parte sucia de las campañas (porque yo no estoy en campo trabajando ni la zona ni los procesos políticos de estas zonas), pero sí se puede decir que es muy común el uso político de este tipo de rumores en contextos de disputa entre grupos o partidos o de confrontación de grupos con las autoridades. Al respecto, sólo hay que revisar las declaraciones de autoridades y personajes partidistas para ver que estos casos están mostrando que tienen (probable intención y) efectos políticos muy claros: el Jefe de Gobierno, el Secretario de Seguridad Pública del D.F., la candidata de Morena a la delegación Coyoacán, López Obrador, etc., y todos asumen que “alguien” los quiere perjudicar a ellos.
            No es imposible saber cuándo y de dónde surge un rumor, pero ello requiere un trabajo más amplio directamente en la zona afectada que si alguien quisiera podría llevar a cabo; lo que quiero decir es que es factible hacer una caracterización del contexto y de los actores involucrados para averiguar qué pugnas hay en este momento, qué recursos están bajo amenaza, qué relación hay entre la comunidad, los grupos políticos y las autoridades, etc. No obstante, cabe suponer que en un primer momento estos rumores fueron alentados a partir de una intención política en el marco de las campañas políticas tanto para afectar rivales como forma de reacción ante la amenaza de perder cotos de poder, especialmente en los tradicionales esquemas clientelares que son, ya lo sabemos, mecanismos de control y mediación política no sólo en el Distrito Federal.
            Vemos entonces que en éste como en muchos otros casos similares, que pueden derivar en violencia colectiva, hay un grado considerable de cálculo o planeación (aunque personalmente no estoy plenamente convencida de usar esta palabra), es decir, no son sucesos espontáneos. Esto ya ha sido discutido por varios autores, como Charles Tilly en su clásico libro Tilly The Politics of Collective Violence o más recientemente Javier Auyero, quien analizó los motines ocurridos en Argentina en el 2001 a la luz de la relación entre líderes políticos locales y cuerpos policíacos. De cualquier modo, hay que tener mucho cuidado de no asumir entonces que todo caso de violencia colectiva está planeado o coordinado; hay muchos casos también en los que la acción o la violencia se desata súbitamente sin que exista ninguna organización, como los brutales casos de linchamiento a asaltantes de transporte público en flagrancia que ocurren con cierta frecuencia en la zona fronteriza entre el Distrito Federal y el Estado de México.
            Lo grave no es sólo el uso de esta clase de rumores con una intencionalidad política, sino que lo más peligroso es el efecto que esto puede causar. No es lo mismo que la gente salga a la calle a protestar a que la gente intente linchar a una persona inocente, aunque sean parte del mismo fenómeno. El mecanismo del chivo expiatorio opera simbólicamente en varias dimensiones de la vida social en momentos de crisis y conflictos, pero hay algo muy alarmante cuando ocurre el tránsito de lo simbólico a lo real, cuando se le pone rostro y nombre al enemigo imaginario.
            Ante estos hechos, correspondería a las autoridades no sólo desmentir los supuestos delitos contra niños con datos duros sino evitar utilizar las respuestas tipo “no tenemos ninguna denuncia” como una forma de defenderse y excusarse de la falta real de estrategias para afrontar los rumores y sus efectos y, más todavía, para garantizar la seguridad de la población. Una cosa es que los linchamientos no se puedan predecir y otra muy diferente es que no se puedan prevenir. 

jueves, 26 de marzo de 2015

Ayotzinapa, seis meses después

He estado piense y piense. ¿Qué decir seis meses después de la ominosa noche de Iguala sin sonar banal, reduccionista o injusta? Ya no me basta decir que me duele, como tampoco me basta decir que fue el Estado. No me alcanzan las palabras para atreverme a describir la pena de las madres y los padres y compañeros de los muchachos y a partir de eso, mucho de lo que ahora leo al respecto me parece casi nimio. Sin embargo, sigo creyendo indispensable la memoria y la reflexión. La memoria, recordarlos, no olvidarlos, porque esa es la raíz de la justicia que nosotros podemos construirnos. Y la reflexión, porque lo sucedido con los muchachos de Ayotzinapa sintetiza (aunque no agote y aun con sus particularidades) la violencia que se padece en este país, especialmente la violencia de la que son objeto la mayoría desposeída, los más vulnerables y los menos privilegiados y que es una violencia promovida, auspiciada y perpetrada, sí, por el Estado. Como hace casi 20 años, cuando ocurrió la masacre de Acteal, con Ayotzinapa he quedado largo rato perpleja, sintiéndome sin la capacidad suficiente para esclarecer cómo es posible que estos crímenes puedan seguir sucediendo ante la mirada indiferente y cómplice de muchos. Será por eso que, de muchas formas, he optado siempre por hacer lo que me es posible para no traicionar la memoria de todos estos nuestros muertos. Será por eso que, a pesar de lo inútil que pueda parecer, he seguido un camino para poder(me) explicar la violencia que se nos ha instalado desde hace ya un rato, para no sentir que es algo normal, que es una costumbre, que así somos o que es nuestro destino.

jueves, 9 de octubre de 2014

Ayotzinapa, día 13 y siguen sin aparecer.

La historia va más o menos así: La Normal de Ayotzinapa ha sido históricamente acosada por su vocación política de izquierda, donde los hijos de campesinos y de familias de escasos recursos se forman intelectualmente para ser profesores rurales y para la acción política permanente. Hace días, fueron a Iguala a hacer proselitismo de sus causas, incluido el "boteo" para recabar dinero con el fin de participar en la marcha del 2 de octubre. Ese día, había un evento público del alcalde y su esposa en el centro de Iguala simultáneamente. Al alcalde no le pareció la presencia de los jóvenes normalistas y habrá dado la orden al jefe de su policía que los largaran de ahí. El jefe de la policía, que es un brazo armado de un grupo del narco, ordenó rafaguearlos y levantarlos. Se los llevaron en patrullas de la policía y versiones dicen que un supuesto jefe del grupo de narcos ordenó matarlos. Hoy todavía no aparecen pero sí hay varias fosas clandestinas con restos que presumiblemente podrían ser de los normalistas. Tanto el EPR como el ERPI, los grupos guerrilleros con presencia en Guerrero, se han manifestado sobre el asunto,incluyendo que el primer grupo centró una parte importante de su argumentación en la responsabilidad del grupo del narco mientras el segundo grupo guerrillero anunció un "comando de ajusticiamiento" contra el grupo de narcos para ¿vengar? lo que les han hecho a los estudiantes. El hecho de que la estrategia gubernamental haya sido decir primero que era un tema de crimen organizado y que ahora esté siendo por un lado alargar y eludir dar información sobre la identidad de los cuerpos hallados en las fosas, al mismo tiempo que también ahora convenientemente estén insistiendo en los dichos de las guerrillas para sugerir que fue un tema de pugna entre crimen organizado y grupos subversivos, no obsta para afirmar que lo ocurrido en Iguala sigue siendo un crimen de Estado. Así tiene que ser asumido y así tiene que ser denunciado y todas estas versiones oficiales incompletas pero repletas de ambigüedades y enredos (aun con ciertos elementos de verdad), no deben encubrir lo más importante.
En primer lugar, porque fueron policías municipales los que se llevaron a los muchachos. 
En segundo lugar, porque sí, es cierto, la policía de Iguala está prácticamente en manos de los narcos, eso no significa que el gobierno no haya auspiciado esta situación. Es decir, no es que un día llegó el narco y se apoderó de la policía como si nada. Esto es un proceso de contubernio, intercambio, complicidad, ayuda, apoyos, prebendas, protección e impunidad permanente entre partidos, políticos y grupos criminales.
En tercer lugar, porque dado el contexto histórico de Guerrero, es muy seguro que este episodio de violencias extralegales (pero no por ello dejan de ser estatales) sea una de las tantas formas en las que el Estado haya buscado combatir, eliminar, atacar, etc. a actores políticos que se oponen a los abusos y los despojos de los gobiernos, sean grupos civiles o subversivos. 
En cuarto lugar, porque independientemente de la naturaleza de estos actores políticos opositores, cuando el Estado (aunque estemos claros que siempre ha sido así, que de facto siempre ha buscado eliminarlos de todas formas) ejerce violencia contra ellos, está violando los derechos humanos elementales, está cometiendo un crimen de lesa humanidad.

domingo, 3 de agosto de 2014

Esto no es un ensayo (O notas para un inútil debate sobre literatura académica vs no académica cuando se escribe de violencia)

Elisa Godínez

Desde hace cinco años hago una investigación sobre linchamientos en México en tiempos recientes. La investigación es hecha dentro de un marco académico y específicamente desde el campo de la antropología, sin embargo, nunca he creído realmente en ni promovido las divisiones tajantes entre la academia y todo lo demás. Supongo, desde el rincón más candoroso que tiene alguien que todavía cree en los procesos de generación (¿debería decir mera reproducción, porque en términos de cultura y conocimiento nunca hay nada enteramente original ni individual?) y diálogo de saberes, que es natural y justificado mi interés por todo el material relacionado, directa o indirectamente, con el tema que investigo, desde los textos más específicamente antropológicos hasta casi cualquier texto sobre violencia, representación(es) de la violencia, etcétera, sean éstos académicos o literarios (una separación que es más artificial que real). Es verdad que me centro especialmente en literatura académica, pero no me circunscribo a ella, puesto que es obligatorio (y a veces hasta placentero, mientras que otras tantas un poco decepcionante) tener que acercarme a trabajos “no académicos” sobre los temas que analizo. Entiéndase así quién soy y a qué me dedico, un poco para poner en contexto mi lugar de enunciación.
Fue así que me topé con un ensayo sobre fotografía y violencia o, como dice en la contraportada, sobre la fotografía como acto violento y, específicamente, sobre la violencia del retrato involuntario, como lo llama su autora, Marina Azahua, es decir, de la fotografía tomada sin consentimiento de quien es fotografiado. En la librería pedí por favor que me dejaran quitarle el odioso celofán con el que desde hace años protegen los libros para poder mirar el índice, darle una ojeada rápida y ver si valía la pena adquirirlo. Para mi sorpresa, encontré un capítulo dedicado a linchamientos, lo cual me hizo comprarlo ya sin revisar mucho más, es decir, porque me convenció –y agradó- que se incluyera el linchamiento como un ejemplo relevante para discutir la relación entre fotografía y violencia.
En el momento que escribo esto todavía no he terminado de leer Retrato involuntario, he de aclarar. También debo decir que no pretendo hacer una crítica ni del contenido general del trabajo ni del estilo en sí y no por tibia, como lo dijeron por ahí, sino porque hablaré y cuestionaré desde mi lugar hoy, que es, fundamentalmente, el de alguien que hace una investigación sobre violencia, que no es crítica literaria, ni pretende hacer una crítica cultural de largo alcance al ensayo como género sino tan sólo expresar inquietudes y exponer mi posición con respecto a la narración de las violencias, algo que actualmente, lejos de ser una moda, es una necesidad.
           Comencé a leer el ensayo de forma ordenada, es decir, desde el principio, a pesar de que bien podría haber ido directamente al apartado sobre linchamiento. Sin embargo, siempre estimo importante leer los prefacios donde puedo encontrar algunas consideraciones generales, explicaciones o justificaciones de la obra, así que empecé en orden desde la primera página. Como ya dije, hace algunos años realizo una investigación sobre linchamientos y a pesar de la premura y de las necesidades específicas de mi indagación, no escatimo en acercarme a todo el material que hable de, mencione o haga referencias de linchamientos, así como tampoco escatimo el campo desde el cual se haya escrito este material, es decir, no excluyo trabajos que no sean “académicos” en principio por un asunto de elemental respeto y desprejuicio: no son las credenciales académicas las que garantizan la calidad de los trabajos y la investigación. Cuando empecé a leer, y en el entendido de que es un ensayo (con toda la libertad, flexibilidad, con opiniones más o menos sólidas y naturalmente con tono literario), noté que mientras iba avanzando en la primera parte, mi propia avidez me estaba orillando a encontrar los asideros de varias de las aseveraciones que la autora maneja, en parte por mi propia dinámica de interpretación o traducción de lo que leo y en parte porque, para bien o para mal, estoy familiarizada los aspectos generales del tema de la violencia, más que del de la fotografía, he de precisar. A pesar de sentir esa primera carencia (en función de mis propias necesidades), continué con la lectura. El segundo apartado, Souvenir del linchamiento, -que ya dije, fue prácticamente el que me hizo adquirir el libro- lo leí agudamente. Mea culpa.
      El linchamiento es un tipo de violencia colectiva que, en principio, tiene una forma o estructura general independientemente del lugar y el momento en el que ocurra, aunque considerado como un proceso, las causas y contextos son claramente diversos: no es lo mismo un linchamiento ocurrido en el siglo XIX en el sur de Estados Unidos a un linchamiento que suceda en Bolivia en pleno siglo XXI. Es decir, que como todos sabemos, un linchamiento es cuando una multitud ataca físicamente a uno o pocos individuos bajo la excusa de ejercer justicia por mano propia, o sea, la intención es castigar una falta real o supuestamente cometida y ejercer justicia por mano propia, aunque los contextos y actores colectivos involucrados tenga características completamente diferentes. El linchamiento es un fenómeno que ocurre desde hace siglos y que ha estado presente en muchas latitudes, ya sea como un suceso extraordinario o como una práctica más o menos cotidiana y aceptada, tal como sucedió en Estados Unidos especialmente a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX como una forma de intolerancia y racismo en contra de la población afrodescendiente. En este sentido, los linchamientos sucedidos en Estados Unidos son emblemáticos, en primer lugar porque la manera de nombrar esta forma particular de violencia colectiva desde entonces se origina ahí (la Lynch Law, instituida por William Lynch en las primeras décadas del siglo XIX, consistente en un castigo sumario, en principio no letal y no específicamente racista, en contra de algún sospechoso, acusado o sentenciado cometido por una turba –mob- sin que medie un proceso legal o autoridad), y en seguida por su duración (mucho más de un siglo) y su evolución histórica como una práctica de ejecución extrajudicial abiertamente racista y enfocada hacia la población negra pero también en contra de otras minorías étnicas. De modo que es comprensible considerar que los linchamientos por antonomasia son aquellos ocurridos en Estados Unidos aunque, como mencioné, este tipo de violencia también exista –e incluso actualmente de manera importante- en otros países y por razones no exclusivamente racistas.
    La autora comienza esta parte del ensayo haciendo una descripción-ficción de casos emblemáticos de linchamientos ocurridos precisamente en Estados Unidos a partir de las fotografías que subsistieron, destacando el hecho de que efectivamente estas imágenes fueron utilizadas como “recuerdos” (souvenirs) de las ejecuciones, como memorabilia de la violencia tumultuaria. No tengo objeción alguna con el contenido ni las opiniones de la autora y me parece acertada la manera de abordar el tema, utilizando esta descripción para crear un efecto emocional intenso y colocar la mirada justo en las víctimas de esta atrocidad. Lo que me complica está más bien relacionado con los aspectos éticos acerca del uso de material previamente recopilado con suficiente esfuerzo por otros, así como las implicaciones también éticas de narrar la violencia, en particular si no es en tono de ficción. Voy a explicar esto de escribir sobre violencia más adelante, pero antes debo comentar que mientras reflexionaba todo esto, escribí un tuit donde expresé mi desconcierto con la lectura de este trabajo diciendo que no entendía por qué era bien visto que se pudiera citar sin dar la referencia exacta. Mi preocupación no era el prurito por la cita con comillas en un afán académica o formalistamente obsesivo, no obstante eso fue lo que se (mal) entendió, a juzgar por las respuestas que ese tuit mereció. Dije, sí, que me había lastimado que no se nombrara a quienes habrían hecho una investigación (léase la recopilación de esas fotografías y máxime cuando revisé la bibliografía y hallé que la autora había consultado especialmente un trabajo muy relevante al respecto) porque era una falta de respeto al trabajo de otros y porque la investigación (sea en el ámbito académico o fuera de él) es un trabajo, como cualquier otro.
        Sin entrar en detalles de todas las respuestas que tuvo lo que dije, en general lo que se me reclamó fue la falta de idea sobre lo que es un ensayo “no académico” o “lírico”, señalando especialmente que la característica de un ensayo es la libertad y la prerrogativa del autor de dar o no crédito a otros trabajos. En particular se asumió que mi pretensión era como policiaca porque, supuestamente, yo estaría buscando algo así como los errores o las faltas a la hora de (no) citar las referencias. Me explicaron también que no debía confundir los hábitos y formas académicas con el formato y el estilo de un ensayo. De manera indirecta, igualmente se apeló a asuntos de autoría, plagio y copyright como si yo estuviese defendiendo el lado conservador, mercantilista, egocéntrico y decrépito de la producción, distribución y consumo de bienes culturales. Es probable que yo haya interpretado mal las respuestas, pero en resumidas cuentas eso es lo que entendí y que dicho sea de paso no me ofende para nada, aunque me parece más bien que hay un prejuicio grande y que generaliza injustamente a todos los que estamos investigando desde ámbitos académicos como si fuésemos todos inflexibles y torpes con respecto a estos menesteres.
        Ahora, amén de insistir en que la discusión para mí no es entre la artificial separación entre un ensayo académico y otro no académico, me interesa reflexionar algunas cosas tanto sobre la escritura, la autoría y las formas e implicaciones de escribir y representar la violencia.
      En primer lugar, la escritura que busca hacer descripciones o representaciones culturares, sea desde el ámbito académico o fuera de éste, generalmente se inscribe dentro de disputas de poder en distintos marcos institucionales, entendidos como los ámbitos que acogen, sancionan, apoyan, publican, financian y consumen aquello que se escribe. Me parece que hablar sobre violencia y hacer representaciones de ella entra dentro de este gran conjunto especialmente si, como pareciera obvio, tenemos una posición crítica ante ello, si justo lo hacemos como una forma de denuncia, oposición, análisis, etcétera. Pero en el improbable caso de que la posición de alguien fuese neutral (cosa más bien imposible porque la neutralidad es también una posición ideológica, contrario a lo que comúnmente se supone), es obvio que quien escribe para hacer representaciones culturales aspira a tener interlocutores, a ser leído por otros y, por tanto, también está sujeto a estas disputas de poder.
     En este sentido, para mí el tema no es la separación entre géneros académico y literario porque en cuanto a la escritura de descripciones culturales, ambos están igualmente circunscritos dentro de procesos históricos y también lingüísticos y eso importa mucho más que el espacio formal desde donde se escribe. Ambos géneros se pueden intercalar y más aún se pueden influir el uno a otro, nos guste o no, y en esa mezcla, escribir descripciones culturales implica una permanente experimentación más que una división tajante y anquilosada. Al menos esto ocurre y está absolutamente admitido desde hace ya mucho tiempo en el campo antropológico. Creo que el dilema nada tiene que ver con las formas ni con los estatutos de cada género, sino con los temas, las intenciones y en última instancia con la dimensión ética implícita en el ejercicio de escribir sobre representaciones culturales.
   Sabemos que no existen representaciones culturales transparentes, que éstas tienen un cierto grado de invención aún en el ámbito académico y eso la antropología lo sabe bien, como también hace tiempo sabe que no existe la autoría incuestionable. Todo trabajo que transite en los caminos de la descripción y la exposición de ¿aspectos, problemas? de la “realidad” social, cultural, política, etc. (o todo eso revuelto) sin la intención de hacer ficción (es decir, que no es una obra exclusivamente imaginaria o algo así), planteará siempre una verdad parcial o relativa pero eso no significa que no aspire a presentar un cuadro veraz o por lo menos fiel al propio horizonte de verdad y ética de su autor. Este tipo de trabajos (no importa desde qué ámbito se hagan) supone la descripción de procesos culturales más que sólo momentos o imágenes a partir de un diálogo entre disciplinas (entre ciencia y arte, por ejemplo), porque todos sabemos que la cultura no es un objeto sino justamente un proceso colectivo.
        De modo que escribir sobre representaciones culturales es más que un acto literario, es más que escribir bien o desarrollar un estilo propio: al hacerlo se altera la forma de mostrar los fenómenos, es decir, se puede hacerlo en función de los intereses de quien escribe (independientemente del estatus supuestamente superior que tenga un estético escrito literario por encima de un aburrido y vulgar escrito académico o científico). Suena obvio y nada sorprendente, pero si pensamos en la posibilidad que se tiene disolver hechos, desaparecer nombres o minimizar atrocidades las cosas toman otro cariz. Y justamente volviendo al ensayo de Azahua, me parece que la autora sabe bien esto último porque es, según entiendo, el leitmotiv de su obra: mostrar el rostro y darle voz a los involuntariamente retratados. Más allá de la vocación literaria o no de un ensayo, como ya he dicho, se escribe desde un contexto y apelando explícita o implícitamente a una posición política porque la autoría es al mismo tiempo autoridad para representar realidades culturales con todo y las inequidades y disputas existentes. Más aún si el ensayo habla sobre temas que afectan de manera tan profunda a mucha gente, como lo es la violencia.
       Lo que observé en la parte sobre linchamientos en el trabajo de Azahua es que por un lado, hubiera sido muy útil incluir –en el texto- las imágenes que está describiendo, sobre todo si consideramos que es un trabajo de fotografía. También me hubiera gustado, como ya dije, hallar en el texto o aunque fuese en un pie de página algo más sobre el proyecto Without Sanctuary[1] que es de donde, según la bibliografía incluida al final del texto, es de donde la autora obtuvo las fotos que describe. Este proyecto, además de tener una página web que aloja la recopilación de fotografías históricas de linchamientos hecha por James Allen durante más de 25 años y a partir de la cual se generó también un libro y una película. Como vemos, este trabajo no es un compendio cualquiera, sino que hay mucho tiempo y mucho esfuerzo detrás, igual que lo hay en varias obras –tanto líricas como académicas- sobre un tema tan sensible para millones de personas descendientes de población africana llegada a Estados Unidos en calidad de esclavos y sometida por siglos a un amplísimo repertorio de violencias. Tan sólo por mencionar un detalle: uno de los autores de los textos del libro, Hilton Als, es un escritor y crítico de teatro que escribe en la prestigiosa revista The New Yorker y, como era de suponerse, es negro. Omitir mencionar esto no parece algo grave, pero no es precisamente lo que se espera de un texto que pretende mostrar el rostro y dar voz a las víctimas. Y que quede claro que esta inquietud no es un tema de comillas, ni de autorías en sentido de reforzar una posición anacrónica y burguesa, sino de elemental congruencia: quienes hicieron este proyecto son personas cuyo pasado, cuya historia está directa o indirectamente ligada a esas atrocidades, es decir, son también, en algún grado, víctimas que merecerían una mención más allá de la bibliografía.
   Cuando escribimos para representar culturalmente también traducimos realidades y verdades, que nunca son totales, que son precisamente construidas a partir de un complejo proceso lingüístico y de poder donde tocamos (modificamos, removemos, transfiguramos, exaltamos, sometemos, etcétera) a los sujetos que protagonizan esas representaciones. Lo más tristemente común es que estas personas nunca lo sepan, nunca se enteren de qué manera en que fueron retratados, la manera en la que fueron traducidos, la manera en la que su voz, su trabajo, su autoría, en última instancia, fue matizada, acomodada, domesticada. ¿Por qué sí estamos dispuestos a “dar crédito”, a “dar voz” a ciertos actores-productores-creadores y a otros no tanto o, en todo caso y por disparatado que suene, por qué cuando se cuestiona la defensa de la autoría todavía se firma un ensayo? ¿Señalar o cuestionar las omisiones de las referencias de los trabajos usados para escribir un ensayo implica defender una idea caduca y burguesa de autor-autoría o es apelar al reconocimiento y defensa del trabajo colectivo? En la antropología sabemos bien que esta idea del ambicioso científico social que no devuelve nada a cambio de todo lo que obtiene de sus sujetos investigados es algo éticamente reprobable y algo que por fortuna está siendo desplazado por los trabajos hechos por quienes tradicionalmente eran los sujetos investigados, por todos esos otros sin nombre, sin voz y sin rostro. La antropología hace tiempo que ya no puede hablar delos otros con autoridad automática, de esos otros “primitivos”, “no letrados” y “sin historia”, es decir, los discursos-la escritura y sus especificidades que no pueden omitirse: quién habla, quién escribe, cuándo y dónde lo hace, con quién y para quién, el contexto histórico y las relaciones de poder, pero más importante aún, que estos discursos-escritos están en disputa, se pueden confrontar y, en ese sentido, se asume que el diálogo y la interpelación no es una concesión sino una condición. La voz de los “informantes” (para mí un término odioso que ya debería haber sido desterrado de la antropología) ya no admite ser entrecomillada o parafraseada porque la relación tiene que ser dialógica y la autoría ya no puede ser monofónica.
       ¿Y qué tiene esto que ver con el ensayo en su variante literaria o lírica? Pues a ciencia cierta, no lo sé, aunque creo que de algún modo son asuntos que nos atañen a todos quienes escribimos sobre contenidos culturales en un sentido no ficticio y más para quienes nos dedicamos a temas tan delicados y dolorosos como la violencia. Pero lo que sí sé es que todas estas inquietudes no tenían que ver con un amor por las comillas o con una vocación perseguidora o censora del formato de los ensayos, sino con la reflexión acerca de la autoría y cómo no se trata de negarla sino precisamente de ampliarla, de reconocer la dimensión colectiva que tiene, de la necesidad de identificar los “nosotros” implícitos en ella, de reconocer las exclusiones y las ausencias y corregirlas. Otra vez, la cultura no es un objeto ni un cuerpo homogéneo de símbolos y significados sujetos a interpretaciones definitivas, sino un proceso temporal y emergente que siempre está en disputa, siempre está siendo cuestionada. La cultura constantemente construye otredades a partir de exclusiones específicas y así como discursos y prácticas y las representaciones culturales que escribimos no pueden no ser debatidas.
      También habría que discutir el perfil y el papel del lector, en última instancia. ¿Estamos pensando que nuestros lectores son nuestros cómplices y, en ese sentido, tienen que ser pasivos, que no se debe o es imposible establecer un diálogo con ellos? ¿Cuáles son las expectativas de quienes se acercan a leer un ensayo como Retrato involuntario, qué esperan hallar? En mi caso, yo me aproximé no sólo porque siempre tengo la esperanza no sólo de la posibilidad de conversar con el texto, sino también de encontrar referencias útiles. Probablemente mi error fue no llegar prejuiciada, sin que me determinara el hecho de esta artificial separación entre ensayo libre y ensayo académico. Especialmente decidí ser lectora por mi interés en el tema de la violencia que no sé si merezca o no un trato especial, pero que al menos a mí sí me obliga a pensar en qué nos importa cuando hablamos de violencia, para qué hablamos de ella, cuál es la necesidad o el interés. En ese sentido, y por ser alguien que trabaja el tema, retomo algunas de las cuestiones básicas planteadas en la introducción a la ya clásica antología sobre violencia compilada por Nancy Scheper-Hughes y Philippe Bourgois (que por cierto está incluida en la bibliografía de Retrato involuntario): ¿Se puede omitir o relativizar a quienes reportan o investigan sobre violencia?, ¿de qué modo se establece el compromiso ético y político a la hora de narrar la violencia? Cada quién sabrá responder a esto. Yo cerraré esta larga explicación con un fragmento de lo dicho por estos autores, que suscribo, y que resume mi posición al respecto:

“Anthropologists who make their living observing and recording the misery of the world have a special obligation to reflect critically on the impact of the brutal images of human suffering that they foist on the public…The texts and images we present to the world are often profoundly disturbing. When we report and write in an intimate way about scenes of violence, our readers have the right to react with anger and to ask just what we are after (afterall)? Indeed what do we want from our audience? To shock? To evoke pity? To create new forms of totalizing narrative through an ‘aesthetic’ of misery? What of the people whose suffering is being made into a public spectacle for the sake of the theoretical argument? …

Those for whom the representation of hunger, misery, and violence is central to their life’s work, need to continually resensitize their audiences as well as themselves to the state of emergency in which we live. To do so we must locate the proper distance from our subjects. Not so distant as to objectify their suffering, and not so close that we turn the sufferer into an object of pity, contempt, or public spectacle. We need to avoid aestheticization of misery as much as a discent into political rhetoric and polemics.

There is no appropriate distance to take from our subjects during torture, lynching, or rape. What kinds of participant-observation, what sort of eye-witnessing are adequate to scenes of genocide and its aftermath, or even to structural violence and genocide?”[2]




[2] Violence in War and Peace: An Anthology, eds. Nancy Scheper-Hughes and Philippe Bourgois. Malden: Blackwell Publishing, 2004. p. 26.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sobre el asunto Tepito-CNTE

A propósito de este tuit y sobre opiniones que sugieren que el ataque en Tepito hacia la CNTE es "natural":

1 . En México y especialmente en el D.F., lo común no es que ocurran brotes de violencia por supuesto "hartazgo social".

 2. Con base en los datos sobre un tipo de violencia colectiva (específicamente linchamientos), es bajísima la incidencia por intolerancia.

3. La violencia colectiva es un proceso con diversas fases, que puede ocurrir en dif. contextos y cometida por diversos tipos de actores.

 4. Es cierto que hay varios antecedentes de actos de violencia colectiva en Tepito, pero ninguno de éstos ha ocurrido por intolerancia.

5. Generalmente, en Tepito esos actos son más una forma de autodefensa momentánea (por lo que consideran abuso de autoridad) o...

6. ...cuando atrapan a ladrones que han afectado a sus clientes, pero justo en el momento.

7. También ha habido disturbios surgidos a partir de rumores de secuestro o desaparición de niños, por ejemplo.

8. Llama la atención que nunca han reaccionado así ante otro tipo de manifestaciones (por ejemplo, los meses de plantón en 2006).

9. A reserva de que se haga la investigación periodística y/o etnográfica del suceso de hoy, no se puede sostener su supuesta legitimidad.

10. Pero sí tenemos evidencias históricas y también recientes de tácticas oficiales para desprestigiar protesta y linchar a la CNTE.

11. Cada quien saque sus conclusiones. Pero, con base en investigación cuantitativa y cualitativa en linchamientos, dudo de su "naturalidad".


Este asunto da para mucho más. Estos fueron sólo unos cuantos apuntes al vuelo el mismo día que ocurrió el hecho (jueves por la noche)

El viernes sale una nota de los comerciantes del barrio deslindándose de la agresión